Zakk Sabbath y una oda al cielo

Por Tania Irina Levy · 29 de oct de 2026 · Reseñas.

La noche empezó como lo esperábamos: con una invitación a jugar.

El Último Guerrero irrumpe en escena e invita a los espectadores a suspender su incredulidad y entrar de lleno en un mundo de héroes y villanos.

El templo de Avenida Rivadavia viste sus mejores sombras para abrir las puertas a un homenaje nacido en las vísceras del metal. Las paredes que alguna vez albergaron melodías de orquesta y películas de época para las familias de la Belle Époque porteña, conservan las huellas de otros tiempos y encuentran nuevos caminos para hacer resonar su historia.

El heavy metal haciendo de las suyas. Los primeros acordes retumban entre la oscuridad y su vestimenta. El sonido se despliega y viaja con precisión entre molduras talladas, arcos de medio punto y balcones de hierro. Nace un paisaje sombrío, donde el misticismo y la paranoia que habitan las composiciones de Black Sabbath vuelven a cobrar vida.

Detrás de las cruces invertidas, las letras profanas y la imaginería gótica, el género esconde una relación profunda con la religión y la fe. A espaldas de los músicos se levantan altares frente a miles de espectadores; los rosarios cuelgan protegiendo los micrófonos y las invocaciones a los amigos del cielo conviven con una estética que, a primera vista, parece desafiar cualquier creencia. Entre rostros enmarcados por largas barbas y cabelleras, y escondida bajo chalecos de cuero que completan apariencias rudas, también se deja ver un fe grande y capaz de atravesar décadas de historia musical.

No se trata de un tributo convencional. Estamos ante una extensión genética del legado de la banda. Formado en 2014, Zakk Sabbath reúne a Zakk Wylde, guitarrista de Ozzy Osbourne y fundador de Black Label Society (BLS), junto a Rob "Blasko" Nicholson en el bajo y Jeff Fabb, baterista de BLS, al cuidado de los drums de Castillo. Juntos dan forma a un proyecto que propone un recorrido por los clásicos que sentaron las bases del heavy metal, desde una identidad propia, pero profundamente respetuosa con la esencia que convirtió a Black Sabbath en leyenda.

En esta propuesta, la música no busca esconderse detrás de la nostalgia, sino que entiende el homenaje como una oportunidad para imprimir carácter. La guitarra de Wylde ocupa el centro de la escena con su sonido áspero, sus solos expansivos y sus riffs estridentes y distorsionados. El bajo sostiene la densidad de esas composiciones, mientras la batería marca un pulso contundente y sin concesiones.

A contraplano del escenario, algunos momentos del recital parecen detenerse en una imagen: las siluetas recortadas por las luces, una SG levantada frente a una multitud que la ovaciona y el movimiento sincronizado de miles de cabezas. La condensación de una experiencia que el público acompaña en cada latido y celebra a puño alzado.

Entre las miradas, hay quienes no pueden apartar los ojos de Wylde y quienes prefieren cerrarlos para entregarse por completo a la percepción de los sonidos. La familiaridad con las canciones no le quita intensidad al encuentro; por el contrario, la potencia está en reconocer cada pasaje y compartir esa anticipación con quienes nos rodean. Cada riff convoca un recuerdo, cada estribillo encuentra una voz que lo continúa. La música deja de pertenecer exclusivamente a quienes la interpretan y se convierte en una experiencia compartida.

La apertura con Supertzar funciona como una declaración de intenciones. La pieza instrumental, atravesada por un coro solemne, instala una atmósfera que pronto cede ante la descarga de Snowblind , con sus riffs estridentes y una base rítmica demoledora.

El recorrido no se limita a los himnos más reconocidos. Tomorrow’s Dream invita a explorar una faceta más introspectiva, detrás de riffs vigorosos que esconden el deseo de empezar de nuevo. Con Wicked World y Lord of This World , reaparece el potencial de la música como vehículo de crítica social. Las canciones nos enfrentan a las tensiones entre el bien y el mal y, pese al paso del tiempo, siguen resonando frente a los conflictos del mundo actual.

Con Into the Void , el sonido adquiere dimensiones monumentales. Publicada en Master of Reality (1971), la canción combina una guitarra de afinación grave con un ritmo arrastrado y expansivo que construye una atmósfera de huida frente a un mundo devastado. Los primeros acordes de War Pigs , por su parte, despliegan su amenaza, organizan los cuerpos y marcan los tiempos. Miles de personas de distintas generaciones se reúnen en una misma sala y encuentran un idioma común en una canción. La crítica, la épica y la potencia sonora se funden en una interpretación que vuelve a poner en primer plano la capacidad del heavy metal para interpelar al mundo.

Behind the Wall of Sleep recuerda que otro de los componentes más ricos de la música de Black Sabbath reside en sus matices. El recorrido permite apreciar distintas caras de una misma identidad, atravesada por la psicodelia, el groove, la crítica y los riffs estridentes que forman parte de nuestra devoción por la banda.

Sobre el escenario, Wylde sostiene una relación particular con este legado. Su interpretación no intenta borrar las huellas de Tony Iommi, sino dialogar con ellas. Los riffs conservan su peso original y proponen un equilibrio entre fidelidad y expresión que permiten al guitarrista llevarlos hacia terrenos más personales.

La historia cultural de la ciudad resuena como telón de fondo entre las últimas notas. Cuando estas se extinguen, queda la sensación de haber asistido a algo que excede la celebración de una trayectoria musical. Las canciones que alguna vez desafiaron los límites de lo aceptable demuestran nuevamente su capacidad para atravesar generaciones, y además, nos demuestra que no necesita permanecer intactas para seguir vivas: a veces, simplemente basta con volver a tocarlas.

Esta gira internacional adquiere un carácter profundamente emotivo tras el fallecimiento de Ozzy Osbourne en 2025. El Príncipe de las Tinieblas dejó una marca difícil de borrar en el corazón de miles de personas, entre ellas Zakk Wylde, quien, con su clásica falda escocesa, dirige la mirada al cielo durante el espectáculo, en un gesto que parece convertir cada interpretación en un saludo a su amigo y compañero.

Que este ritual tenga lugar en Buenos Aires, con dos fechas colmadas, demuestra que el vínculo del público con la obra de Ozzy permanece intacto. La pasión visceral de los asistentes transforma cada acorde en una celebración colectiva de la inmortalidad de un ícono.

En ese encuentro conviven la memoria, la devoción y la necesidad de mantener vivo aquello que nos conecta con otros. Quizás ahí resida una de las claves de la permanencia de Black Sabbath: en su capacidad para convertir la oscuridad en una experiencia compartida, donde la música funciona como refugio, lenguaje y ritual.

Un recordatorio de que, mientras la música siga encontrando un lugar donde sonar, el pacto con el metal nunca va a descansar.

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